dijous, 30 de març del 2017

2. Mi arranque de mañana

Lo más habitual es que me despierte con sueño y que, mientras pesco a tientas las zapatillas con los dedos de los pies, me diga a mí misma algún reproche  -no muy duro, más bien con tono benevolente y comprensivo- por no haberme acostado antes la noche anterior. Cada mañana me prometo que la próxima noche me iré a la cama un poquito antes. El sueño me pesa en la cabeza y en los párpados, pero la historia, el personaje o alguna cita que leí la noche anterior me disipan la modorra: «¡que me quiten lo bailao!».
            Desayuno sentada, con un salva mantel verde, mi café con leche y, según el día, unas galletas, una madalena, cereales..., me gusta variar.  Tengo encendida la tele. Entre bocado y bocado voy mirando las noticias. Algunas me las tomo en serio, otras no tanto y otras me dan risa. Cazo alguna noticia del Barça o de algún famoso para meterla en algún ejercicio de clase. Voy recogiendo la taza y el plato sucio, los paso por el agua y los meto en el lavavajillas. Les dejo preparado el desayuno a mis padres, a cada uno le pongo su pastillita: a mi madre para la tensión y a mi padre para el reúma, que ya se le está pasando, quizás más adelante ya no la necesite. Este detalle de ponerles la mesa empezó como una sorpresita de un día y ahora me gusta dejárselo preparado si voy sin prisas. Me espero a ver el tiempo. A ver si ya entramos de verdad en la primavera. Soy muy friolera. Una vez tuve que dibujar en un folio aquello que más miedo me daba y yo, sin pensarlo, dibujé un termómetro a cero. En las días más  fríos de invierno se me congela la mitad del pie izquierdo. Espero que nunca se me hiele el corazón.
            Ya en el parquin sintonizo ¡Buenos días, Javi y Mar! y empiezo el día con voces conocidas y de buen humor. Otras veces escucho algún disco que se convierte en mi banda sonora durante unas semanas. Estos últimos días estoy con Laura Pausini. Me gustan sus letras vitalistas, su voz y su simpatía. Fue el primer disco que me compré, tenía 15 años. Después dejé de escucharla. Ahora, con la excusa del italiano, la he recuperado. Es como una vieja amistad del cole con quien te topas un día por la calle y te pones al día. ¿Cómo pudimos perdernos la pista con lo bien que nos lo pasábamos? Tengo el examen de la EOI dentro de dos meses, ya se me avecina, tengo que ponerme las pilas.
            Y a partir de del rugido del motor empieza el eslalon: toco el claxon cuando estoy en la rampa, porque hay muchos niños y no tan niños que van despistados o con prisa por la acera. A la altura del Santa Ana ya veo si el día es alegre o nublado. Cuando giro y me incorporo a Rambla d'Aragó, vigilo con los autobuseros locos, que se cambian de carril sin previo aviso, ocupan dos carriles a la vez y demás cabriolas... Yo creo que lo hacen pagados por el Ayuntamiento,  para mantenernos a los demás conductores en estado de alerta permanente y que no nos confiemos. Aunque también podría ser que, aquejados de un síndrome de hámster en una rueda (siempre repitiendo el mismo circuito), ya no se den ni cuenta de los demás. Después de estos sobresaltos llego a la altura del Pecaditos, entonces me fijo en una monjita vestida de hábito blanco que cada día, como la rateta que escombraba l'escaleta, barre enérgicamente la puerta de una residencia y también la acera. Hoy estaba arrojando a la carretera la suciedad. Por el azar del tráfico, me he detenido junto a ella. He estado a punto de bajar la ventanilla y darle los buenos días, pero mi coche es muy simple y no tengo a mano el mando de la ventanilla del copiloto. Además, si la hubiera saludado no habría sabido quién soy. Yo en cambio, me fijo en ella cada miércoles y jueves, que es cuando ella está barriendo a las 9. Lleva gafas, una cruz de plata y un pelo de nieve cubierto por la toca. Sus brazos parecen fuertes, de alambre. Lleva sandalias con calcetines, tanto en invierno como en primavera. Y los pies de los transeúntes no le estorban para limpiar su trocito de acera.
            Después entro en la rotonda de Ricard Viñes y bajo toda la avenida de Prat de la Riba. Los días con suerte está todo verde hasta Príncep de Viana. Carambola y carambola de verde. Otros alternan el rojo y el verde, a trompicones. Pero el semáforo de Príncep de Viana está siempre rojo. Ahí siempre hay que pararse. Es como una aduana.
            Cuando subo por encima de las vías del tren y se trata de un día despejado, veo a lo lejos el horizonte, el cielo es azul y me da el sol en la cara, me dan ganas de pasar de largo el instituto y marcharme de viaje, como en una road movie, pero siempre acabo torciendo en la última calle a mano derecha.

            Me divierte aparcar mi cochecito al lado de los cochazos, cuanto más grandes y voluminosos mejor. Ya con el freno de mano levantado, escucho a ver por dónde corto la canción. Me lo paso pipa dejando a la Pausini o a quien sea a media frase y así el verso cobra un nuevo sentido. Después salgo a fuera. Respiro hondo: el instituto está donde acaba la ciudad y empieza la carretera, el campo y el parque de la Mitjana. Me encanta paladear ese aire campestre de la mañana. En algunos arbolillos de la acera ya hay pajaritos piando. Los escucho sacudiéndose entre las hojas. Dentro del instituto -me digo con risa de la buena- me esperan unas cuantas horas con otro tipo de pajarillos, pajarracos y aleteos. De camino a la puerta veo al fondo la Seu Vella y me siento feliz de estar en mi ciudad después de haber estado algunos años fuera. Quién me iba a decir que el terraplén y el descampado que yo bordeaba en bicicleta con mi hermano, cuando éramos pequeños y bajábamos del Secano hacia Pardiñes, iban a ser, al cabo de los años, una guardería, un cole, un patio y un instituto. Y qué poco me podía imaginar, cuando pasaba pedaleando por allí, que con el paso de los veranos me convertiría no solo en una persona adulta, sino también en profesora, y, además, profesora de ese lugar.

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