Lo más habitual es
que me despierte con sueño y que, mientras pesco a tientas las zapatillas con
los dedos de los pies, me diga a mí misma algún reproche -no muy duro, más bien con tono benevolente y
comprensivo- por no haberme acostado antes la noche anterior. Cada mañana me
prometo que la próxima noche me iré a la cama un poquito antes. El sueño me
pesa en la cabeza y en los párpados, pero la historia, el personaje o alguna
cita que leí la noche anterior me disipan la modorra: «¡que me quiten lo bailao!».
Desayuno sentada, con un salva
mantel verde, mi café con leche y, según el día, unas galletas, una madalena,
cereales..., me gusta variar. Tengo
encendida la tele. Entre bocado y bocado voy mirando las noticias. Algunas me
las tomo en serio, otras no tanto y otras me dan risa. Cazo alguna noticia del
Barça o de algún famoso para meterla en algún ejercicio de clase. Voy recogiendo
la taza y el plato sucio, los paso por el agua y los meto en el lavavajillas.
Les dejo preparado el desayuno a mis padres, a cada uno le pongo su pastillita:
a mi madre para la tensión y a mi padre para el reúma, que ya se le está
pasando, quizás más adelante ya no la necesite. Este detalle de ponerles la
mesa empezó como una sorpresita de un día y ahora me gusta dejárselo preparado
si voy sin prisas. Me espero a ver el tiempo. A ver si ya entramos de verdad en
la primavera. Soy muy friolera. Una vez tuve que dibujar en un folio aquello
que más miedo me daba y yo, sin pensarlo, dibujé un termómetro a cero. En las
días más fríos de invierno se me congela
la mitad del pie izquierdo. Espero que nunca se me hiele el corazón.
Ya en el parquin sintonizo ¡Buenos días, Javi y Mar! y empiezo el
día con voces conocidas y de buen humor. Otras veces escucho algún disco que se
convierte en mi banda sonora durante unas semanas. Estos últimos días estoy con
Laura Pausini. Me gustan sus letras vitalistas, su voz y su simpatía. Fue el
primer disco que me compré, tenía 15 años. Después dejé de escucharla. Ahora,
con la excusa del italiano, la he recuperado. Es como una vieja amistad del
cole con quien te topas un día por la calle y te pones al día. ¿Cómo pudimos
perdernos la pista con lo bien que nos lo pasábamos? Tengo el examen de la EOI
dentro de dos meses, ya se me avecina, tengo que ponerme las pilas.
Y a partir de del rugido del motor
empieza el eslalon: toco el claxon cuando estoy en la rampa, porque hay muchos
niños y no tan niños que van despistados o con prisa por la acera. A la altura
del Santa Ana ya veo si el día es alegre o nublado. Cuando giro y me incorporo
a Rambla d'Aragó, vigilo con los autobuseros locos, que se cambian de carril
sin previo aviso, ocupan dos carriles a la vez y demás cabriolas... Yo creo que
lo hacen pagados por el Ayuntamiento,
para mantenernos a los demás conductores en estado de alerta permanente y
que no nos confiemos. Aunque también podría ser que, aquejados de un síndrome
de hámster en una rueda (siempre repitiendo el mismo circuito), ya no se den ni
cuenta de los demás. Después de estos sobresaltos llego a la altura del
Pecaditos, entonces me fijo en una monjita vestida de hábito blanco que cada
día, como la rateta que escombraba
l'escaleta, barre enérgicamente la puerta de una residencia y también la
acera. Hoy estaba arrojando a la carretera la suciedad. Por el azar del
tráfico, me he detenido junto a ella. He estado a punto de bajar la ventanilla
y darle los buenos días, pero mi coche es muy simple y no tengo a mano el mando
de la ventanilla del copiloto. Además, si la hubiera saludado no habría sabido
quién soy. Yo en cambio, me fijo en ella cada miércoles y jueves, que es cuando
ella está barriendo a las 9. Lleva gafas, una cruz de plata y un pelo de nieve
cubierto por la toca. Sus brazos parecen fuertes, de alambre. Lleva sandalias
con calcetines, tanto en invierno como en primavera. Y los pies de los
transeúntes no le estorban para limpiar su trocito de acera.
Después entro en la rotonda de
Ricard Viñes y bajo toda la avenida de Prat de la Riba. Los días con suerte
está todo verde hasta Príncep de Viana. Carambola y carambola de verde. Otros
alternan el rojo y el verde, a trompicones. Pero el semáforo de Príncep de
Viana está siempre rojo. Ahí siempre hay que pararse. Es como una aduana.
Cuando subo por encima de las vías
del tren y se trata de un día despejado, veo a lo lejos el horizonte, el cielo
es azul y me da el sol en la cara, me dan ganas de pasar de largo el instituto
y marcharme de viaje, como en una road
movie, pero siempre acabo torciendo en la última calle a mano derecha.
Me divierte aparcar mi cochecito al
lado de los cochazos, cuanto más grandes y voluminosos mejor. Ya con el freno
de mano levantado, escucho a ver por dónde corto la canción. Me lo paso pipa dejando
a la Pausini o a quien sea a media frase y así el verso cobra un nuevo sentido.
Después salgo a fuera. Respiro hondo: el instituto está donde acaba la ciudad y
empieza la carretera, el campo y el parque de la Mitjana. Me encanta paladear
ese aire campestre de la mañana. En algunos arbolillos de la acera ya hay pajaritos
piando. Los escucho sacudiéndose entre las hojas. Dentro del instituto -me digo
con risa de la buena- me esperan unas cuantas horas con otro tipo de
pajarillos, pajarracos y aleteos. De camino a la puerta veo al fondo la Seu
Vella y me siento feliz de estar en mi ciudad después de haber estado algunos
años fuera. Quién me iba a decir que el terraplén y el descampado que yo
bordeaba en bicicleta con mi hermano, cuando éramos pequeños y bajábamos del
Secano hacia Pardiñes, iban a ser, al cabo de los años, una guardería, un cole,
un patio y un instituto. Y qué poco me podía imaginar, cuando pasaba pedaleando
por allí, que con el paso de los veranos me convertiría no solo en una persona
adulta, sino también en profesora, y, además, profesora de ese lugar.
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