Hoy he hecho una lista de cosas “importantes pendientes”
y no me refiero a hacer la colada, comprar tomates y comida para Rita, esas
cosas estarían en una lista de tareas. Tampoco me refiero a que quiero reformar
la cocina y la habitación de Guille, no (aunque también hago ese tipo de listas,
son las de proyectos caseros) me refiero a cosas más importantes, inmateriales.
Son las listas que nunca más reviso y que se pierden por ahí. Si encontrara
todas esas listas y las juntara podría construir un muro. Pero no quiero
construir un muro.
Estoy tumbada en el sofá viendo una película.
Me he tumbado después de recoger la mesa con los chicos, cuando hemos acabado
de cenar. La peli la he pillado empezada y aun no entiendo de qué va, porque
hace un momento había una escena en blanco y negro de un castillo medieval y
ahora la escena es en color y se ve a un
tipo duro que va con una chica en un coche destartalado por un desierto, que
aunque solo tiene arena también se ve destartalado.
Hace horas que he escrito esa lista y ahora
me vuelve a la cabeza. No recuerdo lo que he apuntado. Tampoco recuerdo en qué
libreta la he escrito o si lo he hecho en un papel. A lo mejor la he metido en
una botella de cristal y la he tirado al rio (no, eso no, de eso me acordaría),
Creo que esto último lo he escrito en alguna de mis listas de caprichos, ¡en
fin!...vete tú a saber. Me levanto del sofá para buscar la lista en el estudio.
Enciendo la luz y encima del escritorio están la mochila de Guillermo que ya
está preparada para mañana, un amasijo de calcetines limpios que gritan buscando
a sus parejas, las sudaderas de Guille impacientes porque el medio de transporte hacia el armario no llega. También
están mis pendientes, el estuche de Guille destripado, un montoncito de virutas
de uno de sus lápices, un vaso con restos de té y el juguete favorito de Rita.
El escritorio es grande pero no queda espacio para mi lista. No, ahí no está. No
me esfuerzo mucho en comprobarlo, no quiero darles falsas esperanzas a las
sudaderas. Levanto la mirada hacia la estantería que, sobrecargada, me sonríe
irónicamente - Cualquier día se parte de risa y nos rompe la crisma - Reviso la
sección de proyectos, ideas y diseños. Es la sección más alta y apenas llego. La
reviso por encima con un suave barrido de dedos. Huele a polvo. No la encuentro.
Me siento delante del ordenador y toco el
ratón, la luz de la pantalla me da la bienvenida y entro en internet. Tecleo “pisos.com”.
Oigo los ronquidos de Guillermo y sin hacer caso a lo que me muestra la
pantalla pienso en la cena. Guille ha explicado un contratiempo que ha tenido
en el instituto, resulta que este trimestre le van a suspender educación
física. Lo ha dicho con ojos llorosos. Nos ha explicado una situación absurda
de un trabajo en equipo y que no se han presentado un par de componentes del
grupo que tenían el dossier y que por eso le han puesto solo un tres de nota.
En ese momento, en el del tres, una lágrima se le ha escapado y ha ido a parar
a la cuchara y se ha mezclado con la sopa que se ha tragado. Con una lágrima
amarga camino de su estómago Guille, no ha podido explicarnos mucho más. Si
Guillermo le preguntaba algo, él respondía airado y si yo le decía no te
preocupes, él respondía airado - ¡Qué airada y sentida es la adolescencia! -
Apago el ordenador y vuelvo al sofá (resulta que el chico y la chica están
haciendo el amor en una habitación desordenada, de un hotel desastrado, de una
ciudad destruida por algún motivo apocalíptico) Apago la tele, no tengo ganas
de ver amor enlatado.
Antes de acostarme voy a la cocina a beber un
vaso de agua. Enciendo la luz y mientras el fluorescente duda, descubro los
cacharros de la cena que me esperan apilados, los vasos con los vasos, los
platos con los platos, los cubiertos dentro del cazo del puré, sumergidos en
una mezcla viscosa y verde que, hace tiempo ya que no me importa tocar sin
guantes. Con ojos suplicantes les pido un respiro, después de siete horas de
trabajo en la oficina, de hacer las camas, el baño, ir con Guille al dentista, lidiar
con el menú de mañana y hacer la cena y un montón de cosas más que no recuerdo,
me lo merezco, pero no me lo dan – ¡Qué crueles! - Me pongo el delantal y
cierro la puerta de la cocina, no quiero despertar a nadie. La verdad es que me
había olvidado de los platos. También me he olvidado de llamar a mamá, hoy iba
al médico. Me llevo la mano al pecho, me duele.
Abro el grifo y compruebo el agua mientras
saco los cubiertos del cazo y lo apilo todo encima de los platos – igual la
lista está en el bolso- no, no, a lo mejor la he escrito en el trabajo y allí
se ha quedado, encima de la mesa - ¡Vaya por Dios! -. Pongo lavavajillas en el
agua y una dosis extra en el estropajo y empiezo a frotar los vasos. Me imagino
a la señora de la limpieza leyendo mi lista - ¡si al menos me acordara de lo
que he puesto! Enjuago los vasos y bebo agua. Los voy
colocando en el escurridor, los que tienen dibujos delante y los lisos detrás. A
veces me canso de ese orden y los coloco en zigzag, uno con dibujo, uno sin,
uno con dibujo... Los platos planos detrás y los hondos delante, los cazos,
cazuelas y sartenes en el otro fregadero. Paso la bayeta por la encimera y los
fogones, la lavo, la escurro y la dejo doblada en el rincón izquierdo del
fregadero, al lado del escurridor de los cuchillos y tenedores (nunca al lado
del de las cucharillas y cucharas), cuelgo el delantal detrás de la puerta y
apago la luz.
Voy a tientas por el pasillo y choco con Rita
que se ha levantado y ha venido a buscarme. Noto los golpecitos de su cola en
mi pierna y me agacho para tocarle el lomo, pero le toco una oreja. Guille
murmura algo entre sueños y Rita decide irse a dormir con él. Luego, cuando
Guille empiece a gritar y a moverse vendrá
a mis pies o a los de Guillermo. A veces tenemos que echarla porque no podemos
movernos. A Guillermo le hace caso a la primera. Continúo a tientas con las
manos un poco levantadas hacia delante y llego a la habitación. Camino
despacito y toco la cama con la pierna derecha y la bordeo rozándola con la
rodilla hasta que llego a mi lado de la cama y me siento con mucho cuidado. Al
sacarme los pantalones noto algo en el bolsillo y lo cojo. Es un papel
arrugado. Estiro el brazo y topo con la mesilla, dejo el papel encima. Me pongo
la camiseta del pijama pero no los pantalones, - no sé ni porque los saco del
armario -. Me meto en la cama – ojalá Guille se levante animado y pase un buen
día, a lo mejor tenemos que ir a hablar con su tutora para entender qué ha
pasado hoy en el instituto. No, mejor no, mejor volvemos a hablar los tres
cuando esté más calmado – levanto la oreja de la almohada para arreglarla, - De
todas maneras no sé qué piensa la profesora de educación física, pero desde
luego yo no veo como puede motivar a trabajar en equipo, si suspende a unos
porque otros no se presentan. Creo que en mí produciría el efecto contrario,
sí, creo que sí, a ver Guille que piensa, mañana se lo pregunto - Enciendo un
momento la luz para comprobar el despertador. Veo el papel en la mesilla y lo
cojo sacando el brazo con cuidado por debajo de las sábanas. Desarrugo el papel
con sigilo. Es un tique de autobús. Arrugo el papel y lo vuelvo a dejar donde
estaba. Guillermo se despierta un poco – Mmmm, ¿qué pasa? -, - nada nada, vuelve a dormir - le susurro
mientras me giro un poco y le tapo con las sábanas. Me responde algo que no
entiendo. Levanto la pestaña del despertador y apago la luz.
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