dijous, 30 de març del 2017

2. Sin título

Hoy he hecho una lista de cosas “importantes pendientes” y no me refiero a hacer la colada, comprar tomates y comida para Rita, esas cosas estarían en una lista de tareas. Tampoco me refiero a que quiero reformar la cocina y la habitación de Guille, no (aunque también hago ese tipo de listas, son las de proyectos caseros) me refiero a cosas más importantes, inmateriales. Son las listas que nunca más reviso y que se pierden por ahí. Si encontrara todas esas listas y las juntara podría construir un muro. Pero no quiero construir un muro.
Estoy tumbada en el sofá viendo una película. Me he tumbado después de recoger la mesa con los chicos, cuando hemos acabado de cenar. La peli la he pillado empezada y aun no entiendo de qué va, porque hace un momento había una escena en blanco y negro de un castillo medieval y ahora la escena es en color y se ve a  un tipo duro que va con una chica en un coche destartalado por un desierto, que aunque solo tiene arena también se ve destartalado.
Hace horas que he escrito esa lista y ahora me vuelve a la cabeza. No recuerdo lo que he apuntado. Tampoco recuerdo en qué libreta la he escrito o si lo he hecho en un papel. A lo mejor la he metido en una botella de cristal y la he tirado al rio (no, eso no, de eso me acordaría), Creo que esto último lo he escrito en alguna de mis listas de caprichos, ¡en fin!...vete tú a saber. Me levanto del sofá para buscar la lista en el estudio. Enciendo la luz y encima del escritorio están la mochila de Guillermo que ya está preparada para mañana, un amasijo de calcetines limpios que gritan buscando a sus parejas, las sudaderas de Guille impacientes porque el medio de  transporte hacia el armario no llega. También están mis pendientes, el estuche de Guille destripado, un montoncito de virutas de uno de sus lápices, un vaso con restos de té y el juguete favorito de Rita. El escritorio es grande pero no queda espacio para mi lista. No, ahí no está. No me esfuerzo mucho en comprobarlo, no quiero darles falsas esperanzas a las sudaderas. Levanto la mirada hacia la estantería que, sobrecargada, me sonríe irónicamente - Cualquier día se parte de risa y nos rompe la crisma - Reviso la sección de proyectos, ideas y diseños. Es la sección más alta y apenas llego. La reviso por encima con un suave barrido de dedos. Huele a polvo. No la encuentro.
Me siento delante del ordenador y toco el ratón, la luz de la pantalla me da la bienvenida y entro en internet. Tecleo “pisos.com”. Oigo los ronquidos de Guillermo y sin hacer caso a lo que me muestra la pantalla pienso en la cena. Guille ha explicado un contratiempo que ha tenido en el instituto, resulta que este trimestre le van a suspender educación física. Lo ha dicho con ojos llorosos. Nos ha explicado una situación absurda de un trabajo en equipo y que no se han presentado un par de componentes del grupo que tenían el dossier y que por eso le han puesto solo un tres de nota. En ese momento, en el del tres, una lágrima se le ha escapado y ha ido a parar a la cuchara y se ha mezclado con la sopa que se ha tragado. Con una lágrima amarga camino de su estómago Guille, no ha podido explicarnos mucho más. Si Guillermo le preguntaba algo, él respondía airado y si yo le decía no te preocupes, él respondía airado - ¡Qué airada y sentida es la adolescencia! - Apago el ordenador y vuelvo al sofá (resulta que el chico y la chica están haciendo el amor en una habitación desordenada, de un hotel desastrado, de una ciudad destruida por algún motivo apocalíptico) Apago la tele, no tengo ganas de ver amor enlatado.
Antes de acostarme voy a la cocina a beber un vaso de agua. Enciendo la luz y mientras el fluorescente duda, descubro los cacharros de la cena que me esperan apilados, los vasos con los vasos, los platos con los platos, los cubiertos dentro del cazo del puré, sumergidos en una mezcla viscosa y verde que, hace tiempo ya que no me importa tocar sin guantes. Con ojos suplicantes les pido un respiro, después de siete horas de trabajo en la oficina, de hacer las camas, el baño, ir con Guille al dentista, lidiar con el menú de mañana y hacer la cena y un montón de cosas más que no recuerdo, me lo merezco, pero no me lo dan – ¡Qué crueles! - Me pongo el delantal y cierro la puerta de la cocina, no quiero despertar a nadie. La verdad es que me había olvidado de los platos. También me he olvidado de llamar a mamá, hoy iba al médico. Me llevo la mano al pecho, me duele.
Abro el grifo y compruebo el agua mientras saco los cubiertos del cazo y lo apilo todo encima de los platos – igual la lista está en el bolso- no, no, a lo mejor la he escrito en el trabajo y allí se ha quedado, encima de la mesa - ¡Vaya por Dios! -. Pongo lavavajillas en el agua y una dosis extra en el estropajo y empiezo a frotar los vasos. Me imagino a la señora de la limpieza leyendo mi lista - ¡si al menos me acordara de lo que he puesto!   Enjuago los vasos y bebo agua. Los voy colocando en el escurridor, los que tienen dibujos delante y los lisos detrás. A veces me canso de ese orden y los coloco en zigzag, uno con dibujo, uno sin, uno con dibujo... Los platos planos detrás y los hondos delante, los cazos, cazuelas y sartenes en el otro fregadero. Paso la bayeta por la encimera y los fogones, la lavo, la escurro y la dejo doblada en el rincón izquierdo del fregadero, al lado del escurridor de los cuchillos y tenedores (nunca al lado del de las cucharillas y cucharas), cuelgo el delantal detrás de la puerta y apago la luz.

Voy a tientas por el pasillo y choco con Rita que se ha levantado y ha venido a buscarme. Noto los golpecitos de su cola en mi pierna y me agacho para tocarle el lomo, pero le toco una oreja. Guille murmura algo entre sueños y Rita decide irse a dormir con él. Luego, cuando Guille empiece a gritar  y a moverse vendrá a mis pies o a los de Guillermo. A veces tenemos que echarla porque no podemos movernos. A Guillermo le hace caso a la primera. Continúo a tientas con las manos un poco levantadas hacia delante y llego a la habitación. Camino despacito y toco la cama con la pierna derecha y la bordeo rozándola con la rodilla hasta que llego a mi lado de la cama y me siento con mucho cuidado. Al sacarme los pantalones noto algo en el bolsillo y lo cojo. Es un papel arrugado. Estiro el brazo y topo con la mesilla, dejo el papel encima. Me pongo la camiseta del pijama pero no los pantalones, - no sé ni porque los saco del armario -. Me meto en la cama – ojalá Guille se levante animado y pase un buen día, a lo mejor tenemos que ir a hablar con su tutora para entender qué ha pasado hoy en el instituto. No, mejor no, mejor volvemos a hablar los tres cuando esté más calmado – levanto la oreja de la almohada para arreglarla, - De todas maneras no sé qué piensa la profesora de educación física, pero desde luego yo no veo como puede motivar a trabajar en equipo, si suspende a unos porque otros no se presentan. Creo que en mí produciría el efecto contrario, sí, creo que sí, a ver Guille que piensa, mañana se lo pregunto - Enciendo un momento la luz para comprobar el despertador. Veo el papel en la mesilla y lo cojo sacando el brazo con cuidado por debajo de las sábanas. Desarrugo el papel con sigilo. Es un tique de autobús. Arrugo el papel y lo vuelvo a dejar donde estaba. Guillermo se despierta un poco – Mmmm, ¿qué pasa? -,  - nada nada, vuelve a dormir - le susurro mientras me giro un poco y le tapo con las sábanas. Me responde algo que no entiendo. Levanto la pestaña del despertador y apago la luz.

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