dijous, 30 de març del 2017

1. Hospitalidad

La habitación no es muy grande, pero tampoco resulta pequeña. Quizás la alfombra de estampado floral, de tonos verdes y granates, ensancha el espacio, ya que cubre casi todo el suelo. Las losas grises a las que no alcanza la alfombra hacen de marco a la habitación, como si fuera una isla de tierra en medio de un océano plateado de bruma.  Enfrente de la puerta, lo primero que se ve al entrar, es una litera de metal, como las de una vieja casa de campamentos. A mano izquierda, haciendo guardia en la pared, se alza un solemne, noble y silencioso armario. Impone su madera de nogal, su aspecto firme y recio y la historia de sus años. A mano derecha unas cortinas ocres cubren una ventana. 
            -Es la habitación con mejores vistas -comenta Luisa. Se apresura hacia la ventana y descorre la cortina- ¡Tachán! ¡Vistas a la sierra! -se pone a un lado y señala la ventana como una azafata.
            -¡Qué bonito! -exclama María. Se abalanza hacia el marco de la ventana, repintado de color chocolate brillante- ¡Mira, Juan! -le alarga el brazo y le invita a que se acerque. Le hace un hueco junto a la ventana.
            -¡Y al gallinero! -dice Juan asomándose un segundo y regresando al interior de la habitación- ¿No hay persiana?
            -No -contesta Luisa, y añade con una sonrisa-: Así entra mejor la luz. ¡La luz es vida!­
            -¡Y aquí seguro que es maravillosa! -comenta María, dándose la vuelta y descansando los dos brazos en el alféizar-. Desde la ventana de nuestra habitación de Madrid solo vemos el patio interior: la lavadora, la escoba, el tendedero...
            -Pues, prima, disfruta esta semana de las vistas-le dice Luisa, siempre sonriente-. Además-continúa con tono de sorpresa-, como da al este, ¡el Sol inundará la habitación!
            -¡Buf, he olvidado mi antifaz!- exclama Juan llevándose las dos manos a la frente.
            -¿A qué hora amanece? -pregunta María con ojos ilusionados y las manos juntas en el pecho.
            -Lo sabréis por el canto del gallo-contesta Luisa con el mismo brillo en los ojos.
            -¡Qué gozada! -se alegra María- ¡En Madrid sólo se oyen coches, obras y ambulancias! -se gira hacia Juan, mirándole excitada.
            -Yo no creo que oiga al gallo -tuerce una sonrisa fugaz y después, en milésimas de segundo, su boca regresa a una cara adusta.
            -Es que él duerme con los tapones -le aclara María a Luisa.
            -Es que María pone la lavadora de noche­ -se excusa Juan.
            -Porque la luz es más barata a esa hora- dice María a Luisa, buscando su aprobación.
            -Y el centrifugado se oye más a esa hora también- añade Juan con una expresión neutra y mirando al techo.
            -¡Qué exagerado eres! Si a las once ya ha acabado! -le replica María. Después mira a su prima y le dice: - Es que le gusta leer en la cama.
            -Pues si eliges la litera de arriba,­ -le comenta Luisa, muy animada, a Juan- aquí tienes una lámpara para leer. Voilà! -enciende una lámpara de flexo que está colgada en la pared, por encima del cabezal de la litera. La enfoca hacia ellos a la vez que se oye el crujido del brazo metálico al girarlo y moverlo.
            -¡Uy, lo que le has enseñado! -dice María, con la ilusión recobrada -¡Se quedará leyendo hasta las tantas! Y a la mañana siguiente no habrá quien lo despierte -María le da un beso en la mejilla a su novio.
            -El gallo y las gallinas me darán los buenos días- dice Juan con una sonrisa mustia.
            -¡Ah, pues sí! -comenta Luisa- Coqui, el gallo, lo canta todo: los cuartos, las medias, las en punto..., todo. Es joven y vigoroso. También oiréis el jolgorio de las gallinas. Las tiene loquitas ya de buena mañana. ¡Les da una caña! Me lo han comentado los amigos que han dormido aquí. Se contagiaron del brío matutino del gallinero - Luisa lanza una mirada picante a su prima y las dos estallan en risas durante un buen rato. Las dos, con las manos debajo de las axilas y los codos hacia fuera, se pone a imitar el revoloteo de las gallinas, dando brincos en redondo por la habitación. Gritan, cacarean, sacuden el cuello... Al final se sientan en la cama baja de la litera, medio mareadas, despeinadas y con la respiración agitada.
            -¿Lo oyes, Juan? ¡La marcha de las gallinas con el gallo! -le dice María, secándose las lágrimas de la risa.
            -Lo oigo. -dice Juan mientras coge con el índice y el pulgar una punta de la manta de la litera, como quien coge un pañal cagado.
            -Os he puesto esta mantita. -Luisa, ya de pie, planta la palma de la mano, bien abierta, sobre la manta de la litera de arriba- Abriga lo suyo. Seguro que con esto tenéis suficiente. Si tuvierais frío, hay tres o cuatro mantas más en el altillo del armario.
            -Mmmm, huelen a montaña- dice Luisa, tumbada en la litera de abajo y con la nariz sumida en la manta.
            -Huelen a humedad-sentencia Juan.
            -Sí, a tierra empapada de lluvia. -dice Luisa aspirando el aire de la habitación, con los ojos cerrados- Mmmm, ¡qué recuerdos de infancia!
            -¡De cuando íbamos a por leña!- exclama María.
            -Y se nos cruzaba una liebre- recuerda Luisa.
            -¿Hay liebres?­-pregunta sobresaltado Juan.
            -¡Y conejos! -asegura María.
            -¡Y jabalíes!­ -añade Luisa.
            -¿Jabalíes?­ -le pregunta alegre María.
            -A lo mejor, con algo de suerte, mañana vemos alguno. -dice Luisa- El vecino se cruzó con una familia de jabalíes la otra noche­.
            -¿Salen de noche? -pregunta Juan.
            -Muchas veces- le contesta Luisa. -Por cierto, aquí tenéis un juego de toallas. -Les saca unas toallas del armario.
            -¡Ay, son las de la tía Jimena! -dice María.- Mira, Juan, llevan la J. Como tu inicial.
            -Qué bien... -dice Juan, sin mover una ceja.
            -Sí, pensé que os gustaría- comenta Luisa satisfecha.
            -¿Tu tía Jimena es la que tiene 80 años?­-pregunta Juan a María.
            -No, la mayor- le saca del error.
            -No me digas­-dice Juan- que estas toallas son de su ajuar, de cuando se casó.
            -¡Ojalá!­-dice María- Aquellas eran preciosas, pero se las quedó la prima Natalia.
            -Pero estas también tienen su historia. -interviene Luisa- Son las de las bodas de plata.
            -Fantástico...­-susurra Juan.
            -¡Ay! ¡Qué bien vamos a estar! -suspira María embelesada.
            -Bueno, os dejo que os acomodéis. -dice Luisa- En el armario hay perchas. Pero si necesitarais más, me lo decís y os las subo, ¿eh?
            -No te molestes -la corta Juan.
            -Yo me voy a descalzar, que estoy cansada de tanto coche -se queja María.
            Juan mira los pies de Luisa, que ya están descalzos encima de la alfombra. Mira los pies, mira la alfombra y finalmente mira la manta.
            -Bueno, -se despide Luisa desde la puerta -os esperamos abajo para la cena. Prontito: a las ocho. ¡De primero un buen plato de cardo con jamoncito frito! Y de segundo... ¡lengua de toro estofadita!
            -¡Ay, cuánto te quiero! Estás en todo -María patalea rebosante de felicidad. Juan se fija en sus pies. Los ve a cámara lenta, ve cómo repiquetean en la alfombra una y otra vez. Le viene a la mente un documental sobre el pisado la uva. 
            -Sabía que te encantaría- Luisa le guiña el ojo.
            -Hace miles de años que no como eso, prima.
            -¿Y tú, Juan? - le pregunta Luisa a su novio.
            -Nunca he tenido la osadía de probarlo- contesta sin levantar la cabeza.
            -Pues te va a sorprender -le dice María, tumbándose de nuevo en la cama.
            -No lo dudo -susurra Juan.
            -Bueno, parejita, os dejo- se despide Luisa. - ¡Hasta luego!
            -¡Hasta luego! -dice María, acomodándose en la litera baja, mientras rechinan los muelles.
            -¡Hala, adiós! -dice Juan­-.
            La puerta se cierra y les deja a los dos a solas.
            Juan se acerca a la ventana y contempla el gallinero.
            Luisa se pone de pie con agilidad. Abre la maleta, se pone a canturrear mientras va colgando alegremente la ropa en el armario: un pantalón, tres camisetas, otro pantalón, un chubasquero... Cuando ya lo ha ordenado todo, cierra la maleta, hueca como un coco sin agua, y la deja en un rincón de la habitación. Sonríe, satisfecha. Ya lo tiene todo en su sitio. Todo bien colgado para que no se arrugue nada. Al girarse, ve a Juan de pie, de espaldas a ella, mirando por la ventana. ¡Qué bonita la sierra enmarcada por la ventana! ¡Qué hermosura! ¡Y el olor a la naturaleza, a tierra, a campo! ¡Y ese talle masculino de su novio! Esa silueta de espaldas anchas, aunque ahora algo encorvadas... Juan debe de estar algo cansado... Es que han sido muchas horas al volante, las de su novio. Y ante un paisaje como ese se ha quedado traspuesto, seguro. Ya se lo dijo ella, ¡te va a encantar! ¡Ay! ¿Lo ves, alma de cántaro? ¡Si es que tienes que hacerme más caso! ¿Valía o no valía la pena saltarnos los días de barbacoa con tus amigotes? ¡Si es que no tiene ni punto de comparación! Ahora mismo yo estaría aburridísima de la vida. Tú y tus amigos jugando al fútbol o hablando de trabajo... Y yo, mientras, mirando el móvil. Vale, sí, que eso es porque yo quiero, que no me sé relacionar... Pero te lo he dicho mil veces, amor. Las parejas de tus amigos son todas unas tontas y unas estiradas... Pero bueno, la cuestión es que estamos aquí y no allí. Seguro que estás boquiabierto contemplando el paisaje. ¡Si no te has movido de la ventana en todo el rato! ¡Ni si quiera has abierto la maleta! No me extraña. ¿Vaya vistas, eh? Y no me lo vas a querer reconocer. Pero da igual, te conozco bien. Estos silencios tuyos valen más que mil palabras. Qué contenta me puse cuando al final preferiste visitar la aldea de mis abuelos maternos. La verdad es que te exageré lo del estado de salud de mi abuela... Una mentirijilla piadosa... Bueno, tampoco hace falta que te la desmienta ahora. O sí, no sea que en la cena metas la pata. Pero primero voy a abrazarte. Estás tan guapo así... ¡Para el próximo puente te propondré ir a ver la otra aldea, la de mis abuelos paternos! ¡Ay, Juan, cuánto te quiero!
            María se acerca, lo abraza por detrás.
            -Cariño -irrumpe a hablar María-, ¡qué vistas! Cuando volvamos a Madrid tenemos que buscar otro piso, con mejores vistas. Ya sé que en Madrid es difícil, pero yo qué sé... Un parque o un árbol de la calle. Yo me conformo con un arbolillo...

            Juan permanece inmóvil. Nota ligeramente el abrazo como si fuera un perchero al que le han colgado un tabardo de paño pesado. No mueve un músculo. Está rendido, no le queda energía. Tan solo es capaz de mover, como mucho, el pensamiento, y eso sólo a marcha lentísima. Musita para sus adentros muy poco a poco: "¡Siete días! ¡Siete días... para volver a Madrid!".

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