Uno de los fluorescentes parpadeaba y el olor
a ambientador barato le hería la nariz. Estiró con fuerza todos sus dedos, era
algo que hacía cuando estaba nervioso. Notó un agujero en el calcetín del pie
derecho. Sabía que sus dedos se sentían prisioneros en esos ridículos
calcetines y buscaban libertad. En cualquier otra circunstancia habría
aplaudido a su dedo gordo por esa reivindicación, pero hoy tenía que ponerse el
traje de trabajo y ya que era algo que aborrecía sobremanera le molestaba esa
actitud de su dedo. Se miró los pies - bueno, menos mal que nadie lo ve ni lo
nota-. Sus zapatos negros brillaban. Se giró hacia el espejo, dándole la
espalda a la puerta. Comprobó el nudo de su corbata negra y descubrió una
mancha en la camisa. Esta mañana estaba impoluta y al ponérsela había sentido
ese olor tibio del jabón, el que deja la plancha caliente sobre el algodón. Debía
haberse manchado con el café con leche que se había tomado a toda prisa antes
de salir de casa. Vaya contratiempo, eso restaba credibilidad a su imagen. Parecía
que el día no empezaba bien y el parpadeo del fluorescente y ese olor horrible eran
señales que lo confirmaban. Dejó el maletín en el suelo y se retocó la corbata
para tapar la dichosa mancha. El ascensor paró y se abrieron las puertas. Por
el espejo vio a un africano que entraba. Instintivamente se giró y cogió su
maletín. No pesaba porque no tenía nada en su interior pero eso nadie lo sabía.
-
¿Baja? Preguntó el africano, dándole la espalda.
-
No, no, yo voy al séptimo.
-
¿Al séptimo?
-
Si, si, al séptimo, ya te lo he dicho.
-
Este ascensor hace lo que quiere –acto seguido chistó-… ¡ya ve!
El
ascensor retomó el trayecto de subida. Con un simple golpe de vista y un poco
de reojo catalogó al africano. Una de esas cosas que se hacen para mantener
nuestro pequeño universo controlado. Temporero con bolsa de deporte, seguro que
trabaja en el campo, recogiendo fruta o tal vez en la construcción. Le veía la
coronilla y estaba pensando en el tipo de pelo que tienen los africanos cuando
este giró un poco la cabeza.
-
En el séptimo viven los Hawila y el maestro Gdongo.
-
Mmm…
-
Los Hawila a esta hora ya se han ido todos.
-
Mmm…-no sabía que decir-. ¡Vaya entrometido! –pensó.
-
Además va muy elegante para ir a visitar a los Hawila- dijo- mirando
de reojo la parte superior de su cabeza.
-
¿Te gusta mi sombrero? -dijo para cambiar de tema.
-
Hombre…para carnaval tal vez. El maestro Gdongo recibe toda clase de visitas
pero nunca he visto a nadie como usted en este edificio.
Vaya el tipo continua insistiendo – pensó-,
será mejor que no diga nada más. Empezaba a sentir dolor de cabeza por culpa
del fluorescente que insistía en encenderse sin tener fuerza para ello y ese incisivo
olor prefabricado le destruía la pituitaria.
-
¿Por qué va vestido así?
Y dale…- todo es insistente en este ascensor-.
Sintió una punzada en la sien derecha y el ascensor paró en seco. Las puertas
permanecían cerradas.
-
Buf, ¡ya estamos otra vez!
-
¿otra vez?
-
Si, otra vez. Ya se lo he dicho, este ascensor hace lo que quiere.
Tocó el botón de alarma que no funcionó.
-
No, no, no hace falta, enseguida volverá a funcionar -dijo el africano
con total normalidad y sin mirarlo.
Estiró los dedos y el agujero del calcetín le
envió de nuevo la señal. El día se estaba descontrolando totalmente. Como puede
ser que este tipo esté tan tranquilo. Seguro que él también llega tarde y está
como si nada.
-
Bueno qué ¿por qué va vestido así?
Sus dedos se crisparon más y el africano se
giró y le enseñó su enorme caja de dientes al sonreír y entonces vio que se
trataba de un chaval de unos catorce o quince años como mucho. Larguirucho y
delgado. También vio que la bolsa de deporte tenía dibujos hechos con
rotulador, esos que hacen los adolescentes para personalizar sus cosas. Se
sintió un poco descolocado.
-
¿Nunca has oído hablar del cobrador del frac?
-
No, no señor.
-
Pues bien yo soy el cobrador del frac y me dedico a que la gente que
no paga pague. Es un método efectivo para presionar a los morosos.
-
¿por qué?
-
Pues porque el hecho de ir de esta guisa anuncia que hay un moroso
aquí y este además de sentirse presionado se acongoja por el qué dirán.
-
Vaya…Pues se ha equivocado de sitio
-
¿Por qué dices eso?
-
Pues porque aquí, a la gente le importa un comino como vaya usted
vestido.
-
Bueno, a ti al menos te divierte.
-
Sí, eso sí, es que da risa con ese sombrero negro tan alto y esa
chaqueta…
-
Frac
-
Bueno… pues con ese frac parece un pingüino fuera de sitio, y eso es
lo que ven de usted los que viven aquí, que no está usted en su sitio. También
es posible que le tomen por un loco. En ese caso el maestro le hará un conjuro
con patas de gallina o algún saquito con huesos de pollo y le hará venir en
luna nueva.
-
¿ah sí?
-
Sí, segurísimo. Pero no le pagará, al contrario, tendrá que pagarle
usted. Con él hay un par de exmilitares de la segunda guerra del Congo. Esos sí
que acongojan –y rio de su propia ocurrencia.
El ascensor se movió, dio una
pequeña sacudida y remprendió la subida. Empezó a sentir náuseas y un dolor de
estómago se sumó al incipiente dolor de
cabeza. Además estaba ese agujero en el calcetín que no paraba de incordiarle.
Así estaban las cosas cuando el ascensor paró en el séptimo, su destino, hizo
el ademán de salir y en vez de eso, estiró el brazo rozando al chaval y apretó
el botón de la b. Pensó que era bueno escuchar las señales.
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