Dice mi nombre, que conocía a mi padre y que yo he matado al suyo, saca un
volante enorme de un bolsillo, oímos el despertador, miramos hacia arriba y
todo se desvanece.
Cojo el
despertador y lo meto debajo de la almohada. Toco a Cristina, está helada, un
escalofrío me recorre el pecho, la tapo. En el
aseo me encuentro a Jan haciendo pipí y me pregunta que adónde voy, le
contesto que a una ciudad dónde tienes que dar besos a todas las personas que
te encuentras por la calle, que cuando quiera iremos juntos. Dice que ni de
broma, le acompaño a la cama. Enciendo el móvil, llega algún mensaje. Pongo la
cara debajo del grifo, pinchazo en la espalda. Me lavo los dientes, y preparo
dos bocadillos, uno más pequeño. Me visto con lo primero que encuentro. Maeva
me pregunta la hora y le digo que intente pasárselo bien, que nos vemos por la
tarde. Cojo dos libros, los bocadillos y salgo de casa. Me he dejado algo, el
móvil, vuelvo a subir.
Llego tarde, no
me cambio, solo la chaqueta, realizo la parafernalia de cada día y arranco el
camión.
Escucho una
grabación del sermón de la montaña, narrada con voz de teleserie mexicana, pero
al momento la carretera me absorbe y me olvido del sermón, de la voz mexicana y
de mí.
Me molestan mucho
los calzoncillos que me he puesto, tanto que tengo que parar. Resulta que me he
puesto unas bragas, el tacto es agradable pero son muy incomodas, pienso que si
el sábado voy al mercado preguntaré si existen calzoncillos con esta tela, o
bragas con esta tela y con forma de calzoncillos. Me las quito, las doblo y las
guardo en el bolsillo de la chaqueta.
Se está haciendo
de día, empieza a haber más tráfico, paro a repostar y mientras, me tomo un
café, sin azúcar. Al salir pido un cigarro y fuego, me lo da un chico muy
joven. Me lo fumo a su lado, aspiro con fuerza, saco el humo por la nariz, el
tipo se va, lo apuro hasta la boquilla.
Recuerdo que una
vez me dije que no pararía más en esta gasolinera, no hay surtidor para
camiones y se tarda demasiado en llenar el depósito. Tengo frío, conecto la
calefacción. El sermón de la montaña ha acabado y no he entendido nada, apago
la radio, escucho el motor.
Un gorrión me
esquiva en el último momento, llego a una ciudad. Tengo calor y apago la
calefacción. Saludo a la gente con la que me cruzo, a unas con la mano y a
otras con la cabeza, la mayoría me devuelven el saludo.
Un matadero, mi
destino. Aparco y antes de entrar paso a ver al árbol al que le di el golpe.
Tiene mejor color, se lo digo. También le digo que deseo que viva muchos años y
que pueda sentir como desaparece el maldito matadero. Que ya volveré a verlo la
semana que viene, me voy.
Voy a pedir un
cigarro a la gente que está fumando ahí al lado, en el parking del matadero, me
dirijo hacia ellas, las saludo, pero no quiero fumar, las vuelvo a saludar y
subo al camión.
El hombre que me
ha de rellenar los papeles está enfadado, me dice que llego tarde, que la
próxima vez tendré que esperar a que acaben de comer. Me agarra los papeles de
la mano y se va, refunfuñando algo acerca de los camioneros.
Desparafernalizo
lo parafernalizado y espero. Miro el móvil, en Facebook encuentro un enlace
para descargar una guía de ecodefensa para sabotear, la descargo, está en
inglés, entiendo una palabra de cada tres, hay ilustraciones muy ilustrativas. Los
primeros desperdicios caen en el camión. Ojeo uno de los libros que he cogido
de casa. Mientras agonizo, William Faulkner. Lleva una dedicatoria muy emotiva
de un Jorge a una Mónica, también lleva un marca páginas en la página 88, pienso
que a Mónica no le interesó lo que decía Faulkner en Mientras agonizo, o que
Jorge nunca le llegó a dar el libro, no sé. Salgo a mirar cómo va la carga, hoy
va rápido, mejor. Intento dormir un rato, me duele la espalda, busco algún
antiinflamatorio por el camión, sé que no hay, dije que no tomaría más, pero
por si acaso. Salgo a dar una vuelta, miro al otro lado de la valla.
Han acabado,
pongo los toldos y arranco, voy a buscar los papeles, me los trae otro tipo, le
doy las gracias y me voy.
Aparco el camión
en el parking del McDonald’s, a modo de pequeño guiño pedagógico, para que
disfruten de todo el proceso. Cojo los bocadillos y los libros y voy a la
entrada del Carrefour, hoy es martes y como con mi amigo. Está en la puerta, me
siento a su lado y dejo el bocadillo pequeño y los dos libros encima de sus
cosas. Me empiezo a comer el mío y le digo que ayer me llamaron de otro trabajo
de mierda, que mañana iré a una entrevista. El me ofrece su tetra brik de vino
blanco, le digo que no, que esta semana he decidido no beber alcohol. Me pide
un cigarro y le digo que también he decidido no fumar, también le digo que creo
que el árbol al que le di el golpe con el camión vivirá, me dice que ya lo
sabía. Me voy.
Arranco el camión
y busco algo de música, encuentro a Nina Simone, pongo el volumen al máximo y
acompaño en los coros a Nina, a grito pelado.
Más carretera.
Paso por delante de mi vertedero favorito y la puerta está abierta, entro.
Encuentro unas revistas del año 1978, pero están mojadas y no las puedo
disfrutar. Continúo buscando y encuentro unos visores de esos de recuerdo, uno
con forma de televisor, recuerdo de Marbella y el otro con forma de botijo,
recuerdo de Mallorca, no busco más es tarde. Al subir al camión veo que la
rueda está muy gastada, no sé cómo no me había fijado antes.
Continúo con Nina
Simone. Tomo una curva demasiado rápido y las cajas se mueven mucho, me asusto,
tendré que comprobar los anclajes, al poner los toldos no me he fijado si había
mucho líquido, que fallo. Veo a lo lejos una casa muy grande abandonada, no
recuerdo haberla visto antes, mañana si tengo tiempo iré.
Cuando me doy
cuenta ya se manifiesta el síntoma de la misteriosa erección de las 16:30, hoy
acrecentada por la ausencia de calzoncillos. Durante una temporada estuve
elaborando teorías sobre tan puntual y caprichosa erección, pero las desestimé
todas.
Llego a la
planta, le digo a la compañera de la báscula que se me ha hecho tarde, que ya
vendré mañana antes para descargar, se ríe y me dice que este viernes hay un
concierto, que si voy a ir, le respondo que no creo, que hace mucho tiempo que
no voy a ningún concierto y pienso que vaya mierda de respuesta. Le pido que me
haga los papeles cómo si hubiera descargado, me los hace, le doy las gracias y
me despido, que si no nos vemos, se lo pase muy bien en el concierto.
Dejo el camión
medio escondido y voy a cambiarme la chaqueta, no me da tiempo a ducharme. En
las duchas hay dos compañeros, me dicen que si voy a tomar unas cervezas con
ellos, les digo que no, que tengo prisa, que hasta mañana.
Llego a la
escuela tres minutos antes de que salgan Maeva y Jan, cuando salen me abrazan y
me exigen comida. Les digo que no he pasado por casa, que ahora compraremos
alguna cosa para comer y que les he traído unos recuerdos, les gustan, que ya
pensaremos que hacemos con ellos. Jan me pregunta si he tenido que dar muchos
besos, le respondo que ya no dan besos, que los han prohibido, pero que he
estado con una anciana muy anciana, la anciana más anciana que yo he visto
nunca y que me ha explicado una historia que pasó aquí hace mucho tiempo, tanto
tiempo que no existía ni el tiempo. Me piden que les explique la historia. Les
cuento que la anciana me ha dicho que una vez un papá en vez de ayudar a sus
hijas, porque según él iban muy sucias, las castigó y que las hijas se pusieron
tan tristes que se volvieron invisibles y que desde entonces hay gente
invisible viviendo a nuestro lado, que la anciana me ha dicho que en Baláfia
hay una puerta secreta, para poder conocer a las invisibles. Decidimos que las
queremos conocer y la buscamos de camino a casa, debajo de los coches, en
farolas, entramos en una tienda y en un portal. Cuando nos cansamos de buscar nos
vamos a casa.
Cristina ha
dejado la cena medio hecha, que bien. Nos duchamos, hoy jugamos a que yo soy un
zombi y nos perseguimos por casa, cenamos, recogemos y leemos un rato. Maeva me
explica y recomienda el libro que se está leyendo, con Jan teatralizamos dos
páginas de Los Argonautas, nos acostamos.
Mi intención es
permanecer despierto para poder estar un rato con Cristina.
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